590. «Al comienzo de la experiencia analítica fue el amor»

En la cultura contemporánea existe una profunda inclinación a pensar las relaciones afectivas y el encuentro terapéutico desde el ideal de la simetría. Reconforta la expectativa moderna de una «intersubjetividad» fluida y equilibrada: una dinámica idílica resumida en el juego sutil de «yo te comprendo, tú me comprendes». Se asume habitualmente que el amor auténtico o el progreso en la consulta deben ser diálogos perfectamente armónicos, en los que dos conciencias transparentes se reconocen, se comprenden y se complementan sin fricción ni tropiezo.

Sin embargo, al examinar la experiencia clínica y la singular relectura que Lacan (2003) realiza del amor clásico, esta expectativa de consonancia se desmorona. El amor y la transferencia analítica no emergen de la reciprocidad ni del entendimiento mutuo, sino de una irreductible asimetría.

En el Seminario VIII: La transferencia, Lacan (2003) advierte que la dimensión fundamental del amor y del deseo humano nace de una «disparidad» radical (p. 11), aquello esencialmente impar que en inglés se califica con el término odd. El verdadero resorte del amor no es el reflejo tranquilizador de la simetría, sino el tropiezo con una falta estructural.

Para situar el origen de la experiencia psicoanalítica, Lacan (2003) cuestiona y desarticula los grandes enunciados de la tradición occidental. Frente a la revelación teológica («Al principio era el Verbo»), la sentencia del Fausto de Goethe («En el principio era la acción») y la premisa del pensamiento social y filosófico («Al principio era la praxis»), el psicoanálisis postula un punto de partida opaco, confuso y profundamente perturbador: "Al comienzo de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el amor. Este principio es distinto de la transparencia de la enunciación para sí misma…" (p. 12).

Lacan (2003) desmonta así la llamada «psicología de dos cuerpos» (two-bodies’ psychology), un esquema popularizado por analistas como John Rickman, quien gozaba de cierto prestigio por haber regresado de la Revolución Rusa con una presunta experiencia interpsicológica. Este enfoque pretendía reducir la cura a una negociación empática entre dos sujetos. Lacan denuncia que la relación analítica es, en verdad, "la situación más falsa que pueda haber" (p. 23) si se la intenta nivelar como un encuentro diplomático, una alianza simétrica o un refugio de consuelo. La experiencia freudiana se paraliza en cuanto la intersubjetividad introduce la ilusión de simetría.

El nacimiento mismo del psicoanálisis atestigua esta irrupción desorganizadora. En el historial inaugural de los Estudios sobre la histeria (Breuer y Freud, 1895), la cura conducida por Joseph Breuer junto a Anna O. —quien bautizó el método como talking cure o «deshollinado de chimenea» (chimney sweeping)— derivó en un intenso amor de transferencia que hizo tambalear las normas burguesas.

Aterrorizado por la irrupción del pequeño Eros, Breuer emprendió lo que Lacan denomina una «huida burguesa»: un viaje de urgencia a Venecia para reavivar el fervor conyugal con su esposa, del que nació una nueva hija (quien, décadas más tarde, moriría durante la ocupación nazi en Viena). Freud, en cambio, tomó una decisión radicalmente distinta: prefirió, a la manera de Sócrates, servirse de Eros en lugar de huir de él.

Por ello, el analista debe abstenerse de la seducción y del consuelo personal. Solo al sostener esa asimetría y neutralizar la trampa intersubjetiva es posible que emerja la verdadera potencia de la transferencia.

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