564. «Todo lo forcluído en el orden simbólico, reaparece en lo real»
En la teoría psicoanalítica, lo "olvidado" suele asociarse con lo reprimido, algo que sigue actuando desde el inconsciente. Sin embargo, Lacan introduce un mecanismo mucho más radical: la Verwerfung, que se traduce como "rechazo" o "forclusión". No se trata de algo que se esconde en el inconsciente, sino de algo que nunca fue inscrito en el orden simbólico (el universo del lenguaje y la ley).
La consecuencia de este rechazo primordial es una de las fórmulas más potentes y enigmáticas de Lacan: "todo lo forcluído en el orden simbólico, reaparece en lo real". Lo real aquí no es la realidad cotidiana, sino una erupción cruda y no simbolizada que la perfora desde fuera. Para ilustrarlo, Lacan hace referencia al análisis de Freud del "Hombre de los Lobos": un paciente que, en su infancia, se corta un dedo pero es incapaz de decir nada a su nodriza, a pesar de que era su principal confidente. Ese evento, al no ser simbolizado —no es puesto en palabras—, no es reprimido, sino rechazado (forcluído). Años más tarde, retorna "en lo real" como una alucinación visual. La idea es impactante: sugiere que la realidad misma puede ser perforada por aquello que no se ha logrado inscribir en el universo de significados, manifestándose como un fenómeno alucinatorio.
Para Lacan, la psicosis es un fenómeno fundamentalmente lingüístico. El delirio tiene su propia estructura y lenguaje, con "fenómenos elementales" que, como el detalle de una hoja, revelan la estructura de toda la planta. Un ejemplo clínico es el de una paciente que, en medio de una larga entrevista, finalmente deja escapar un neologismo: la palabra "galopinar". Este término, que no existe en el diccionario, funciona como una "palabra clave" que revela que ella habita un universo lingüístico diferente. Esto reformula la locura no como un comportamiento distante e incomprensible, sino como una crisis en la misma estructura simbólica que constituye la realidad "normal", sugiriendo que la cordura es más frágil y dependiente del lenguaje de lo que se imagina.
Si la locura es un fallo del lenguaje, es porque la relación del sujeto con la fuente misma del lenguaje se ha derrumbado. Para Lacan, esta fuente no es otra persona, sino un lugar simbólico que llama el gran Otro. Es crucial diferenciar al "otro" con minúscula del "Otro" con mayúscula (A). El "otro" (a) es el semejante, el reflejo en el espejo, el compañero con el que el sujeto se compara y compite. El "Otro" (A), con mayúscula, es lo simbólico.
Así pues, el Otro no es una persona, sino un lugar. Es el tesoro de los significantes, el universo del lenguaje, la cultura y la ley que preexiste al sujeto. Se nace en un mundo que ya habla, y es en este "lugar" del Otro donde el yo más íntimo se constituye. Entonces, el Otro es el lugar donde se constituye el yo (je) que habla con el que escucha.
Este Otro es "reconocido, pero no conocido", es la alteridad absoluta que garantiza el valor de la palabra del sujeto, incluso cuando miente. En la psicosis, este circuito fundamental con el gran Otro se rompe. El sujeto ya no dialoga con ese lugar simbólico, sino que queda atrapado en un cara a cara con "pequeños otros" imaginarios (sus dobles, sus perseguidores). La idea es vertiginosa: sugiere que la identidad que se siente como más propia se forja, en realidad, en un espacio exterior al sujeto. (Ver: El Seminario. Libro 3: Las psicosis).
Comentarios