586. «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?»

En El seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960), Lacan (1990) diferencia entre moral y ética, distinción que resulta más estructural de lo que a primera vista parece. Mientras que la moral se organiza alrededor de normas, ideales y bienes, la ética del psicoanálisis se organiza alrededor de la relación del sujeto con su deseo.

La moral tradicional establece un campo de obligaciones: se debe hacer esto, no se debe hacer aquello, se deben dominar las pasiones, se debe buscar el bien, se debe actuar de acuerdo con determinados ideales. Lacan (1990) analiza especialmente a Aristóteles y a Kant para mostrar dos formas distintas de esta dimensión moral. En Aristóteles, la ética está vinculada con la búsqueda del bien, con la virtud, la moderación y el justo medio. En Kant aparece algo todavía más radical: el imperativo categórico, el «tú debes», independiente de los intereses, las inclinaciones o los deseos particulares del sujeto. Lacan considera que esta oposición permite localizar algo fundamental: un lugar en el que el deseo queda excluido de la consideración moral. De ahí que hable de una moral vinculada al «servicio de los bienes», en la que el sujeto debe ordenar su vida en función de determinados bienes, ideales y valores.

Aquí se sitúa el desplazamiento fundamental que introduce Lacan (1990). El psicoanálisis no pregunta primordialmente «¿hiciste lo correcto según la norma?», sino «¿cuál es tu posición respecto de tu deseo?». Al final del seminario, Lacan formula una pregunta que condensa esta orientación: «¿Has actuado en conformidad con el deseo que te habita?».

La ética psicoanalítica introduce así una medida distinta para juzgar una acción: su relación con el deseo inconsciente. Esta precisión es importante, pues deseo no significa aquí «hacer lo que a uno le plazca». El deseo lacaniano no equivale a voluntad, capricho, necesidad, placer ni utilidad, sino que está articulado con el inconsciente y con la falta. Mientras que la moral se pregunta «¿qué debo hacer?», la ética del psicoanálisis se pregunta «¿qué deseo?»: la primera dispone de normas e ideales; la segunda interroga la posición del sujeto y lo que ocurre cuando este renuncia a su deseo.

Lacan (1990) no sostiene que el psicoanálisis elimine toda dimensión moral. Su argumento es que la experiencia analítica descubre algo que la moral tradicional tiende a desconocer: el sujeto no se reduce a sus ideales conscientes ni a las normas que dice seguir.

Se llega así al punto más radical introducido por Lacan (1990): aquello de lo que el sujeto puede sentirse culpable, desde la perspectiva analítica, es de haber cedido respecto de su deseo. Mientras que la moral tradicional podría decir «has pecado porque seguiste tu deseo en lugar de cumplir tu deber», Lacan introduce otra pregunta: «¿Y si tu culpa estuviera precisamente en haber abandonado tu deseo para someterte al ideal o a la demanda del Otro?».

Considérese, por ejemplo, el caso de alguien que renuncia sistemáticamente a lo que desea para ser «el buen hijo», «la buena pareja», «el buen profesional» o «la persona responsable». Desde una perspectiva moral convencional, esta conducta podría parecer ejemplar; desde la perspectiva psicoanalítica, en cambio, cabría preguntar qué deseo está siendo sacrificado para sostener esa identificación. Es en ese punto en el que aparece la dimensión ética.

Esto permite entender, además, algo fundamental del Seminario VII: la culpa no desaparece cuando el sujeto obedece las normas. El sujeto puede cumplir perfectamente con sus obligaciones y, aun así, continuar sintiéndose culpable, pues la culpa no está necesariamente ligada a la transgresión de una norma consciente, sino que puede estar relacionada con la relación del sujeto con su deseo. Lacan (1990) llega así a una formulación paradójica: es posible hacer «el bien» según las normas y, sin embargo, traicionar el propio deseo; e, inversamente, aquello que aparece como una transgresión desde el punto de vista moral puede exigir una interrogación distinta desde el punto de vista psicoanalítico.

La ética, entonces, no es «hacer lo que quiero». Este punto resulta fundamental para no convertir la ética lacaniana en una especie de ética individualista: «no ceder sobre el deseo» no significa «haz lo que quieras», puesto que el deseo inconsciente no coincide con la voluntad consciente, ni tampoco significa satisfacer todos los impulsos y las pulsiones.

De hecho, Lacan (1990) muestra en el Seminario VII que el deseo puede conducir al sujeto hacia una dimensión paradójica en la que este se encuentra con el goce, con el sufrimiento y con aquello que va más allá del principio del placer. Por eso la ética psicoanalítica resulta mucho más exigente que una simple moral de la autenticidad.

En definitiva, ante la pregunta «¿he cedido sobre mi deseo?», el Seminario VII no propone una nueva lista de normas morales; Lacan intenta más bien situar qué puede significar una responsabilidad subjetiva cuando el sujeto ya no puede sostenerse en los ideales del bien, de la felicidad, de la normalidad o de la adaptación. Su crítica apunta precisamente a esos ideales cuando funcionan como sustitutos de la pregunta por el deseo. Llevada a la clínica, la diferencia se vuelve todavía más clara: la moral pregunta «¿qué debería hacer?», mientras que el análisis intenta hacer emerger la pregunta «¿qué deseo está en juego en eso que hago, incluso cuando digo que no es lo que quiero?».


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