592. El agalma y la transferencia

En El seminario, libro 8: La transferencia (1960-1961), Lacan (2003) advierte que, en psicoanálisis, la belleza y el encanto del analista son un inconveniente real, porque interrumpirían la operación analítica al convertirla en una comedia narcisista. La fealdad de Sócrates muestra que el atractivo físico no es la condición del deseo.

Por esta razón, Lacan (2003) aborda El banquete como un registro análogo al acta de una sesión clínica. El simposio era una reunión elitista con reglas estrictas, en la que cada participante debía pronunciar un discurso medido en elogio de Eros. Esa armonía formal se rompe con la entrada de Alcibíades, que llega completamente ebrio junto a su séquito y usurpa la presidencia.

Alcibíades no es una figura menor: dotado de un brillo y una belleza excepcionales, encarnaba la subversión política. Ebrio, confiesa públicamente y sin pudor sus intentos infructuosos de juventud por seducir a Sócrates. Para explicar la fascinación que ejercía sobre él el viejo y feo filósofo, lo compara con las estatuillas de silenos o sátiros: esculturas de exterior grotesco que, al abrirse por la mitad, revelan en su interior figuras doradas de dioses. Eso es el agalma.

Lacan (2003) introduce el concepto para explicar algo fundamental del amor y del deseo: no se desea a alguien solo por lo que se ve en esa persona, sino también por aquello precioso que el sujeto supone que guarda y que la convierte en objeto de deseo. El término griego ágalma significa, en una primera acepción, ornamento o adorno, pero Lacan lo utiliza para situar la función que cumple ese objeto precioso en la estructura del deseo y en la transferencia analítica. Lo decisivo no es simplemente que haya algo escondido, sino que ese supuesto tesoro adquiere una función en el deseo de quien ama.

Un ejemplo: alguien conoce a una persona que no destaca por su apariencia, su riqueza ni su posición social, pero empieza a pensar que posee una sabiduría excepcional, una libertad interior o una forma de comprender la vida que nadie más tiene. Esa persona adquiere entonces un valor singular: no solo se la ama, sino que se espera encontrar en ella algo precioso. Ese algo supuesto es el agalma, que no es la cualidad visible del otro, sino aquello que, supuesto en él, lo hace especialmente deseable.

Para Lacan (2003), la escena entre Sócrates y Alcibíades muestra con especial claridad esta función. Alcibíades está enamorado de Sócrates y lo considera un personaje extraordinario, aunque su apariencia no corresponda a los ideales habituales de belleza. Lacan destaca que Alcibíades supone en Sócrates algo precioso, que no está disponible para cualquiera. No se trata de que Sócrates sea inteligente o tenga conocimientos filosóficos, sino de aquello que Alcibíades cree encontrar en él y que lo convierte en objeto de su fascinación. El objeto precioso está en el interior y Sócrates funciona como su envoltura; ambos están relacionados, pero no son idénticos. El deseo de Alcibíades no se explica por las características observables de Sócrates, sino que depende también de ese objeto que supone hallar en él.

Además, Alcibíades no se conforma con admirar a Sócrates: quiere que este manifieste su deseo. Busca una señal que le permita comprobar qué lugar ocupa para él. Desea, en definitiva, saber si es deseado, obtener una confirmación de su valor en el deseo del otro. Aquí aparece una dimensión esencial de la transferencia: el sujeto no se dirige al otro solo para obtener algo de él, sino también para recibir una respuesta sobre su propio lugar. Lacan (2003) señala asimismo que Sócrates responde a la declaración de Alcibíades diciéndole que, en realidad, ha hablado para Agatón. La escena no se reduce, entonces, a una relación entre dos personas: un tercero interviene en la estructura del deseo.

Esta es la aplicación clínica más importante del concepto. Quien comienza un análisis puede suponer que el analista tiene algo que a él le falta: un saber sobre su sufrimiento, una capacidad excepcional para comprenderlo o una respuesta que resuelva sus conflictos. El analista adquiere así un valor especial, y el analizante espera que, a través de esa relación, aparezca algo decisivo sobre su propia vida. La situación es análoga al vínculo entre Alcibíades y Sócrates: el analista puede convertirse en el soporte de aquello precioso que el analizante supone que existe en él.

Pero una cosa es suponer que el analista posee algo precioso y otra afirmar que efectivamente lo posee. El análisis no debe convertir esa suposición en una verdad incuestionable. El agalma permite pensar justamente esa función singular que adquiere el otro en el deseo.

En síntesis, el deseo no se explica solo por las cualidades visibles del objeto amado: interviene algo que el sujeto supone que ese objeto contiene, sin que siempre sepa con precisión qué es. Amar implica preguntarse por el deseo del otro, pues no solo se desea al otro, sino que también se desea saber qué se es en él. La transferencia actualiza esta estructura en el análisis: el analista puede ocupar el lugar de quien supuestamente posee un saber o un objeto precioso, y esa atribución se vuelve material para el trabajo analítico.

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